A juicio quienes descuartizan perros

Annamaria Manzoni

Habría menos niños mártires si hubiera menos animales torturados, menos vagones que llevan a la muerte a las víctimas de cualquier dictadura si no nos hubiéramos acostumbrado a los furgones donde los animales agonizan sin alimento y sin agua a la espera de ser abatidos. -Marguerite Yourcenar

 

A principios del 2013, una noticia logró suscitar desconcierto y repulsión aún en el mare magnum de información que cada día nos abruma con tal carga de inimaginable y creativa crueldad que nos hemos anestesiado ante lo nuevo, y reaccionamos con la indiferencia de quien ya ha visto y escuchado todo.

Lo que sacudió, aunque por breve tiempo, la apática somnolencia de muchos lectores fue el medio utilizado por cárteles mexicanos para transportar cocaína hasta Italia: el estómago de perros muy grandes, vivos, como San Bernardos, Gran Daneses, Dogos, Mastines, Labradores, entre otros. Veterinarios cómplices los operaban en México introduciéndoles la cocaína en paquetes de 1 kilo o más en sus órganos internos; luego los perros eran enviados a Italia en avión y recogidos en el aeropuerto de Milán Linate por personas que se encargaban de llevarlos a otra ciudad italiana, Livorno, a un lugar donde se les mataba para obtener la droga.

Por primera vez los medios, siempre pródigos de detalles morbosos, no dieron información sobre el modo en que se asesinaba a los canes, pero en aquel contexto macabro es imposible pensar en una muerte serena.

En el juicio que siguió a este descubrimiento hubo muchos acusados, casi todos latinos, afiliados a varias bandas: los Trébol, los Neta, los Latin King Luzbel, los Latin King Chicago, en las que participan un buen número de menores de edad y que se volvieron célebres no solo por su papel para nada secundario en el comercio internacional de droga, sino también por la violencia extrema con la que se disputan el territorio. Estas bandas no usan solo armas comunes, sino que también matan con pedazos de botellas y castigan física y moralmente a quienes desobedecen su código de comportamiento.

Estos son los individuos que descuartizan perros para enviar droga dentro de ellos. Pensar en la dolorosa operación a la que son sometidos los animales, al trauma del larguísimo vuelo encerrados en jaulas, al encuentro con sus asesinos, a todo el ambiente de terror que seguramente impregnó cada paso del proceso, provoca horror, y la repulsión que muchos de nosotros sentimos da una idea de hasta qué punto consideramos inaceptable todo lo sucedido también a nivel emocional.

Elaborar de manera muy rápida los datos condujo al comentario general, a la pregunta retórica de qué podemos esperar que les hagan a los animales personas acostumbradas a ser despiadadas con los humanos.

Es un comentario obvio, tal vez superficial, pero toca una cuestión que merece ser profundizada, nacida a partir de una comprensible reacción de rechazo y disgusto pero que no puede limitarse a una estéril indignación. Es necesario transformarla en algo más, tratar de decodificar los hechos para encontrar un sentido, si existe, en el nexo que une la crueldad contra los humanos y la crueldad contra los animales, en las incontables formas en las que una y otra se expresan y de las cuales tenemos un conocimiento vago e insuficiente.

De la convicción de que nuestra relación con los otros animales es una realidad que hay que investigar en todas sus formas, cada una de las cuales puede aportar una pieza de este rompecabezas tan complejo, nace la voluntad de profundizar de manera lo más orgánica posible en la violencia intraespecífica y la interespecífica. Son muchas las reflexiones que emergen y que, una vez más, dan cuenta de la inseparable unión de nuestras vidas con las de otras especies en roles, por desgracia, bien codificados: nosotros, en el de dominadores; ellas, en el de víctimas.

Este libro se centra, justamente, en el análisis de la relación entre la violencia intraespecífica y la interespecífica, es decir entre la ejercida por los seres humanos contra los de su misma especie y la violencia contra los otros animales, nexo que, en cuanto objeto de estudio aún no explorado como se debe en buena parte del mundo occidental, a menudo se resuelve recurriendo a convicciones individuales que refieren al axioma, ya lugar común, de que quien es cruel con los animales lo es también con los humanos.

A partir de estas consideraciones la mirada se amplía para considerar cómo todas las formas de crueldad están conectadas a nivel de impulsos básicos, modos de manifestarse e interdependencia recíproca.


*Introducción del libro Por el mal camino, el vínculo entre la violencia contra los animales y la violencia hacia los humanos, de Annamaria Manzoni.

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